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La gloria..., del que se piró.

La gloria..., del que se piró.


Idioma: Idioma: es español
Palabras: 21800
Páginas: 104
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Ésta es una historia que cuenta las aventuras y desventuras de un espartano que se vio en mitad de la BATALLA DE LAS TERMÓPILAS. Los datos históricos están doblados o supeditados al tono jocoso del relato. Hay algo de reflexión, algo de ciencia ficción... En fin, que intenta ser divertido.

“Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos.”

― Charles Bukowski.

EN MEDIO DE LA oscuridad se escucha el chirriar de una vieja y rústica puerta de madera. Un hombre mayor, sin llegar a ser anciano, entra en la estancia portando un candil antiguo; la luz tintineante de éste deja entrever el aire cansado y algo gozoso en la cara del hombre. El silencio inunda el lugar, y solo se escuchan los pasos cortos y algo torpes del señor...; se adivinan unas sandalias como calzado, y se puede apreciar levemente que lleva puesta una toga color vainilla a modo de vestimenta.

«Hummm..., ya sé lo que voy a hacer de cenar...»

Piensa el hombre mientras anda...

Al final de lo que parece ser un gran salón o habitación, la figura se detiene, y con pulso tembloroso, aplica fuego a una gran antorcha que hay en un lateral de la pared.

Poco a poco la luz de la antorcha va lamiendo la estancia y todo lo que hay en ella; una gran mesa rectangular, ubicada en el centro, llama la atención. Alrededor de la mesa, y puestos cerca de la pared, extraños objetos adornan el lugar..., o más bien parecer haber sido coleccionados... Estos están ordenados sin una categorización específica..., o al menos, en una que solo el dueño conoce. Acompañando a los objetos, diseminadas por las cuatro paredes, se hallan unas sencillas estanterias que guardan en perfecta colocación diferentes manuscritos enrollados.

El hombre coloca el candil encima de la mesa y se rasca el poco pelo cano que tiene en la cabeza.

«Bueno, bueno, Lysander... —se nombra a sí mismo—, habrá que tomar un vinito..., ¿no?»

El hombre se frota las manos y se dirige a una pequeña alacena con paso tranquilo, sin prestar atención al resto de los objetos..., con la automaticidad del ritual. Al llegar al pequeño pero cuidado armarito, se queda un rato observando las numerosas botellas que en él atesora. Tras un momento de deleitado escrutinio, se decanta por una y la coge, cerrando con cuidado la puertecita. Lysander vuelve sobre sus pasos y se sienta en una cómoda silla de madera, acolchada de alguna manera con telas, próxima a la mesa; en ella se hallan un pequeño atril con un manuscrito sujeto y desenrollado, una fuente con fruta, una tabla con queso y una copa vacía. El hombre, tras sentarse y apoyar los codos en la mesa, mira a ambos lados como sin saber qué hacer primero. Coge el candil y lo pone en un espacio que parece reservado para él, a la altura del atril, proporcionándole así mayor claridad a su lectura. Seguidamente destapa el corcho de la botella de vino, toma la copa y mira dentro, dudando de si está suficientemente limpia..., finalmente le da un fuerte soplido al interior y vierte en ella con cuidado el vino denso y rojizo.

Lysander se reacomoda en su asiento y se inclina sobre el manuscrito; tras un breve vistazo, le da un rápido sorbo a su copa de vino y vuelve con fruición a su lectura. No lleva más de diez segundos leyendo cuando levanta la cabeza..., como interrumpido por algo que ha leído, o por un pensamiento intrusivo que le viene a la cabeza, abstrayéndolo, llevándolo a otro lugar.

Con una mirada inquisitiva y una sonrisa pícara, el hombre se recuesta en el respaldo de la silla, girado medio cuerpo, mirando fijamente a una armadura que tiene colgada; ésta, aun estando entre el resto de curioso objetos que parecen provenir de exóticos lugares, tiene un lugar preferente en la sala..., presidiéndola.

«Je, je, je... —ríe para sí—, la gloria..., ¿inmortal...? Vaya liadas..., de buena me libré... ¡De qué forma tan gloriosa me escaqueé!»


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