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Un pedido arriesgado

Un pedido arriesgado

Alguien ahí fuera está reciclando mentes


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Sula culpa a la casualidad y al destino de haber echado a perder su vida. Decepcionada con su última pareja, entra en un juego que le da la oportunidad de escoger al compañero perfecto. Los primeros meses cumple todas sus expectativas, no sale de su asombro, vive en una dicha constante, en una nube de la que no quiere bajar, pero esa felicidad empieza a resquebrajarse cuando el hombre perfecto ya no le parece tal. Y lo peor es que está atada a él para siempre. Así son las reglas de ese siniestro juego. No puede reclamar, ni devolverlo, ni alejarse de él porque el castigo es inimaginable. Descubre que no es la única que ha caído en esta trampa y que existe un grupo de resistencia.

Nunca se hubiera imaginado ser capaz de lo que hizo para salir de esa situación, a riesgo de perder su vida o terminar siendo uno de ellos, ¿personas recicladas?

Algunos fragmentos

A veces me preguntaba cuántas parejas habría en nuestra misma situación.

–No muchas, te lo aseguro –decía Rober–, porque se trata de una mercancía difícil de obtener, no es como hacer palomitas, o bollos, o diseñar un traje de novia… pero no puedo hablarte de ello, lo tenemos totalmente prohibido.

¿Pero por qué tenía dudas?, ¿acaso no era lo que yo quería? ¿Y si era una especie de esclavo creado por una absurda Compañía? Cuanto más lo pensaba más crecía mi ansiedad y hasta cierto temor.

–¿Y si yo decidiera dejarte?

Me miró con semblante triste y sorprendido, como si aquello no entrara en sus creencias.

–Sospecho que no leíste la letra pequeña, o no la recuerdas. No se admiten devoluciones ni abandonos, por ninguna de las dos partes, infringir esta norma tiene su castigo según la ley de la Compañía.

–Pues verá, le di la última fotografía de mi hijo y la metió en un programa para ver qué aspecto tendría de adulto…

Casi me daba miedo lo que me imaginaba que iba a responder. Seguí callada.

–… y resultó que es casi idéntico al doctor Rober Fermosel.

Se quedó mirándome para ver mi reacción.

–Vaya –Respondí con sorpresa–. No sé qué decir.

–Perdóneme, pero me agarraría a un clavo ardiendo para saber qué fue lo que ocurrió y si sigue vivo.


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